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Pero sobre todo una cuestión medioambiental.
El valor añadido del corcho.

El corcho, el plástico y el aluminio tienen impactos ambientales muy diferentes entre ellos. El primero viene de un árbol, el segundo proviene del petróleo y el último sale de una mina. El aprovechamiento de un alcornocal puede tener un impacto negativo sobre el medioambiente, pero siempre será mucho menor que el provocado por un pozo de petróleo o una explotación de bauxita.

El corcho, como los otros tapones, es un producto reciclable pero sobre todo es un material renovable, lo que no sucede con sus competidores. El corcho tiene la capacidad de regeneración. El uso de tapones de corcho para el embotellado de vino es por lo tanto, una práctica más “amiga del ambiente” a la vez que se trata de dar preferencia a un producto natural.

La transformación de la bauxita en aluminio necesita mucha energía. Las fuentes de producción de aluminio están estableciéndose cada vez más en países con un coste de energía bajo, en zonas como Queen’s Land en Canadá, en Australia, en Jamaica o en los Emiratos Árabes Unidos. Los diferentes plásticos utilizados para producir los tapones sintéticos, derivados del petróleo, van de la mano de una serie de problemas ambientales (como el consumo de agua) conocidos, por lo que no es necesario dar más detalles.

Un estudio dirigido por PriceWaterhouseCoopers, demostró las grandes ventajas medioambientales parejas al uso del corcho. Considerando todo el proceso, incluida la producción, el transporte, el proceso de embotellado y, finalmente las emisiones de CO2 – directamente ligadas al proceso de cambio climático. Así, tratándose de la fabricación de tapones de plástico las emisiones de CO2 son 20 veces más altas que en la fabricación de tapones de corcho y aún 24 veces más altas en la fabricación de tapones de aluminio.

El corcho, por el contrario, funciona como un sumidero de carbono. Según un estudio del Instituto Superior de Agronomía de Lisboa, este depósito, en Portugal, consigue capturar 4,8 millones de toneladas de CO2 por año, lo que es decir, el equivalente al 5% de las emisiones anuales totales del país. Los alcornocales portugueses representan el 32% de la superficie mundial de estos bosques que cada año absorben 14 millones de toneladas de CO2. Así las cosas, para la supervivencia de estos bosques solo hay una solución: mantener un aprovechamiento lucrativo del corcho.

La espesura acumulada por todas las tiradas de corcho durante la vida de un alcornoque (en torno a 200 años) es tres o cuatro veces superior a la espesura del corcho de un alcornoque al que nunca se le ha sacado corcho. Por lo tanto, el hecho de recoger corcho permite almacenar una cantidad mayor de CO2, el gas con efecto invernadero más abundante en la atmósfera.

El fenómeno es ciertamente paradójico: mientras que muchas cadenas de supermercados ha interrumpido la distribución gratuita de bolsas de plástico, vemos que una parte de nuestros buenos tapones de corcho están siendo son sustituidos por otros de... ¡plástico!